El Cadáver de la Novia
Updated: May 29
Siempre fui rara. Cuando conozco gente nueva les advierto: “Soy rara”. Nunca sé cómo explicarlo, ni se me ocurre algún ejemplo como para que lo entiendan. Pero unos días después, sin fallar, lo notan. “Sos rara”. Incluso las psicólogas intentan hacerme ver que no existe “lo normal”, que todos somos diferentes. Sí, lo sé, comprendo el concepto, pero con las sesiones, igual que el resto, lo terminan viendo.
No soy rara de modo excéntrico. No me visto de manera llamativa, ni tengo cosas en el ropero como sangre o patas de rana. Es una rareza mucho más sutil. Para los que no me conocen, paso como normal.
Hoy en día me encanta ser rara, me divierte mucho. Pero cuando era una niña no lo llevaba tan bien. Primero que en los 90 mi papá no tenía trabajo, así que nos vestíamos con cualquier ropa que algún conocido nos regalaba, porque a sus hijas ya no les entraba.
Me encantaba cuando recibíamos una bolsa con ropa: ver todas las prendas, probármelas, elegir… ¡y gratis! (parece que siempre fui rata). Ahora me encanta la ropa vintage. Mi saco favorito es uno de segunda mano que usó alguna señora en los 70 en Inglaterra; incluso anoche me puse una pollera de los 90 que una vecina le regaló a mi mamá, y siempre que la uso me siento una bruja en The Craft. (Bueno, me estoy replanteando lo que escribí en el segundo párrafo). Ahora es parte de mi personalidad única y resulta retro, pero a los 9 años no era “copada” y los niños pueden ser crueles.
Mi manera de ser tampoco ayudaba. No sabía cómo relacionarme con otros seres humanos; sentía que no me entendían los chistes, lo que pensaba no se traducían bien desde mi cerebro al oído de mis compañeritos. A todo esto le sumamos que yo era la “traga” del curso. Como no tenía muchos amigos en la primaria, no me invitaban a jugar a la tarde, por lo tanto tenía bastante tiempo libre, el cual usaba para leer, explorar en el Encarta 97, y jugar en la compu en un juego que era todo de matemáticas, lo que me llevó a las Olimpiadas Matemáticas a los 10 años y, posteriormente, a estudiar Contador Público. Estas actividades me hacían “más inteligente” y, en consecuencia, menos amigable.
En esa época, mi serie favorita era Sabrina, la bruja adolescente. Soñaba con cumplir 16 años y que dos tías lejanas vinieran a decirme que tenía poderes mágicos. Lo mejor era cambiarse la ropa simplemente apuntando con el dedo.
Lo más bizarro de todo es que cuando estaba sola con algún compañerito nos llevábamos bien, pero cuando estábamos en grupo, parecía que todos se habían puesto de acuerdo en que yo les caía mal, y nadie se animaba a decirle al resto: “en realidad no es tan desagradable”.
Finalmente llegó el momento de comenzar la secundaria. Aproveché a cambiar de curso. Volví con mis compañeras del jardín, que aún siguen siendo mis amigas. También conocí nuevas personas que se convirtieron en mis amigas (siento que repito mucho la palabra “amigas”, pero ¿cuál otra podría usar?).
Para los 12 años ya había entendido que era mucho mejor ser yo misma que cualquier otra persona. No porque yo fuera excepcional (que lo soy, jaja), pero además consume una cantidad extrema de energía.
Igualmente seguía sintiéndome no comprendida por la gente que me rodeaba, pero me querían así. También aprendí distintas herramientas para poder relacionarme mejor, para "caer bien". Lo hago de manera inconsciente. Es que me sirve bastante para distintos aspectos de la vida adulta.
En mayo de 2006, cuando nos habíamos mudado con mi familia a nuestra propia casa (finalmente), todavía no habían conectado el cable. Entonces fui al kiosco a alquilar algo para ver en la merienda y, sin saberlo, elegí una película que me iba a cautivar profundamente desde el primer fotograma...
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