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How I Met Your Mother

agustinarubbi
Dec 29, 2025
4 min read

“Chicos, les voy a contar una historia increíble: la historia de cómo conocí a su madre.

Hace 25 años, antes de ser su papá, tenía toda otra vida. Era el año 2005, tenía 27 años, estaba empezando a triunfar como arquitecto y vivía en Nueva York con Marshall, mi mejor amigo de la universidad. Mi vida era buena, y entonces el tío Marshall fue y arruinó todo...”


Así empieza mi serie favorita (sí, perdón Friends, ya sé que sos mejor), donde Ted Mosby se replantea su vida cuando su mejor amigo le propone casamiento a su novia de la facultad, y se da cuenta de que está listo para sentar cabeza y formar una familia. Entonces sale al bar con su otro no mejor amigo Barney para conocer a su futura esposa. Por supuesto que no lo logra, si no, la serie no tendría nueve temporadas.


Crecí mirando series y películas, por lo que me gusta romantizar mi vida, imaginando cada momento como si fuera la escena de una sitcom. Así que, al igual que Ted contándole del pasado a sus hijos, es muy probable que recuerde algunos detalles de manera exagerada en estas historias.


Si nos vamos al año en que se estrenó la serie, en el 2005 tenía 14 años. Con mi familia nos acabábamos de mudar a la mejor casa que podría haber deseado en mi adolescencia. No por la infraestructura —aunque por primera vez tenía una habitación para mí sola—, sino por la ubicación: estaba a media cuadra de la plaza a la que todos los días iban a pasar tiempo los jóvenes de la ciudad. Cada grupito de amigos tenía un banco en el que usualmente nos sentábamos por horas y veíamos a la gente pasar.

Tengan en cuenta que en esa época los celulares eran mucho menos “inteligentes” que ahora. En realidad, ni siquiera tenía uno; me lo regaló mi tío cuando cumplí 15. Un Nokia 1110, que solo tenía llamadas, mensajes de texto con caracteres limitados y el famoso juego de la serpiente. Tampoco existían las redes sociales (de hecho, Fotolog se empezó a usar alrededor del 2007), por lo que la única manera de ver gente era cara a cara.

Ahí mirábamos a los chicos que paseaban en auto, esperando a que el que nos gustaba frenara y nos dijera: “¿Quieren dar una vuelta?” .Lo mejor era cuando nos regalaban el CD MP3 con todos los temas del momento que veíamos en MTV (porque bajar música desde Ares llevaba tres días hábiles y la potencial infección con algún virus para el cual aún no habían inventado ninguna vacuna).


No se crean que solo dependíamos del género masculino para circular por la ciudad. Teníamos nuestro propio medio de transporte: la bici playera. Esa bicicleta que estaba de moda, similar a la tradicional de hombre, pero con el caño curvo, que servía para transportar un acompañante (claramente no era su función original, sino no me hubiera ocasionado los calambres más originales que existen). Las más audaces nos sentábamos en el manubrio, mirando para atrás y pedaleando en sentido contrario, a veces me equivocaba y frenaba. Una de las categorías de recuerdos más graciosos es la de las caídas de nuestra adolescencia.


Ahora que, gracias a Instagram, sabemos dónde está todo el mundo todo el tiempo, seguramente ya no sea tan común como antes, pero una de las costumbres que teníamos era hacer las “pasaditas” por las casas de los muchachos que nos gustaban. En realidad, a mí no me gustaba nadie en esa época; solamente acompañaba a mis amigas. Es más, en un evento de la secundaria que coincidía con la Semana de la Dulzura, fui la encargada de repartir bombones a los crushes de mis amigas (nunca tuve vergüenza).

Uno de esos chicos era mi vecino de enfrente. Con mi amiga los espiábamos cuando se juntaban en su patio desde el techo de mi casa (por suerte nunca va a leer esto; sería como para denunciarnos por acosadoras).


Otra cosa que hacíamos para interactuar era reunirnos en mi casa tipo diez de la noche, porque era el momento en que todos nos conectábamos al Messenger. Como en mi casa siempre hubo computadora, sabía descargar e instalar programas y esas cosas, por lo que tenía MSN Plus y podíamos abrir varias cuentas al mismo tiempo. La gracia era que, cuando te conectabas, aparecía un cartelito en la esquina inferior derecha que decía:“•*~aGUstiNa~*• está en línea”, entonces el pretendiente lo veía y te hablaba. Si hubiera existido la palabra cringe en el 2006, la forma en la que escribíamos en mayúsculas y minúsculas aparecería como ejemplo gráfico en el diccionario.


Después de un tiempo observando cómo mis amigas interactuaban con el género opuesto, elegí al chico que me gustaba (ponele, no era que me gustaba, mas bien era tiempo de que conociera a alguien). Iba al último año en otro colegio, por lo que la única manera que encontré para entrar en su radar fue mandarle un mensaje de texto preguntándole qué estaba haciendo, con la excusa de que me había confundido queriéndole escribir a una amiga cuyo nombre empezaba con las mismas tres letras. Funcionó.


Volviendo a mi serie favorita, una de las cosas que más me gusta es que los guionistas sabían exactamente cómo terminaba la última temporada desde el momento cero. Todas las escenas de los hijos de Ted escuchando las historias y reaccionando —incluso la última, con la que se termina de cerrar el desenlace—, fueron filmadas al principio de la segunda temporada. Porque imagínense: los chicos tenían 15 años y, después de nueve temporadas, tendrían 24. Se iba a notar demasiado.


A diferencia de How I Met Your Mother, yo no sé cómo termina mi serie. Me temo que va a ser un poco más larga, como Grey’s Anatomy, que parece que va a concluir, pero la siguen renovando. Por el momento tengo conocidas las primeras diez temporadas. Ay no… ¡veinte temporadas! Pasaron veinte años entre el 2005 y el 2025. Más que Grey’s pinta para ser como Doctor Who.

Pero bueno, qué mejor que encontrar una serie con un montón de temporadas con la que podés relajarte y no tener que pasar por el tedioso proceso de elegir qué mirar, una vez más. Y como dice Ted al final del piloto: Es una larga historia.


 
 
 

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