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Mi departamento (parte 1)

agustinarubbi
Jun 5
6 min read

Updated: Jun 12

"Estoy viviendo en una casa que pago con el sueldo que gano haciendo lo que me gusta. La casa no me gusta ni un poco. Se lo digo todos los días, sutilmente..."—

Caos, Magalí Tajes


A este libro lo empecé a leer en un departamento que pagaba con el sueldo que ganaba haciendo algo que no necesariamente diría que me gustaba, pero sí que me generaba muchas satisfacciones. El departamento me encantaba. Y también se lo decía todos los días.


Una amiga vivía en ese edificio. Me encantó su departamento, quería vivir ahí. Era como me imaginaba que sería la vida a los veintis.

Cuando conseguí un trabajo con el que podía mantenerme sola, comencé a recorrer las inmobiliarias buscando el lugar al que llamaría "hogar". Pero nada me convencía, en mi cabeza tenía ese departamento. Hasta que un día mi amiga me dice: "El vecino de abajo se va". ¡Ahhh! Corrí a la inmobiliaria. Les comenté el chisme, pero el señor todavía no había avisado que rescindía el contrato. Cómo voy a meter la asa así... Les dije que apenas avisara me llamaran. Una tarde estaba charlando con una amiga en la vereda de la casa donde ella trabajaba de niñera, y me llaman de la inmobiliaria. "El departamento queda libre en Mayo." Lo quiero. Ni siquiera lo fui a ver, total era igual que el de mi amiga del piso de arriba. Ahí nomás puse la firma (con la plata, por supuesto) y me dieron la llave.


Lo primero que hice fue ir con mi perro. Iba a ser su nueva casa también. Se metió al ascensor sin problemas, olfateó todo el departamento, y se sentó en el balcón a mirar para la calle. Eso significaba que estaba tranquilo. Enseguida supe que iba a ser uno de sus lugares favoritos del departamento. Durante años se sentó en ese lugar a tomar solcito, a ladrarme cuando me iba a trabajar, a dormir la siesta con el hocico apoyado en el zócalo, y a esperar a mi papá los domingos al mediodía cuando nos venía a buscar para almorzar.


Como en esa época había 12 cuotas, compré todo junto: heladera, lavarropas, microondas, cama, colchón, utensilios y alguna que otra gilada. Uno de los electrodomésticos me los cobraron en 6 cuotas. Pedí que me cancelaran el cobro y lo pasaran en 12. La tarjeta, en vez de eliminar las 6 cuotas, me acreditó toda la plata junta. Fue como un préstamo a cero interés. Ese tipo de suerte tengo. Ya tenía todo lo que necesitaba para vivir sola.


La mudanza fue simple, como estaba en la casa de mis padres, no tenía apuro en moverme, los comercios de electrodomésticos y muebles me fueron llevando las cosas a medida que las iba comprando, las cosas mas chicas de cocina y baño estaban guardadas de la misma manera como las adquirí, y solo me quedaba acomodar la ropa. De mesa llevé un tablón con dos bancos de pino, con un mantel para disimular. Como sillón me llevé una cama turca con almohadones que hizo mi mamá. Toda la mudanza la hice con tres viajes en el auto de mi papá, y mis amigas me ayudaron a descargar y a limpiar los restos del antiguo inquilino.


Esa noche, después de que se hayan ido todas, ya en la cama, con las luces apagadas, sentía que había estado en ese departamento toda la vida. Tengo esa habilidad para adaptarme.

Como fui la primera del grupo en mudarme de la casa de mis padres, todas las juntadas eran en mi departamento: jueves a cortar la semana; viernes para arrancar el finde, sábados de cena y salida. Vincent todas las noches, a la 23 hs puntual, se sentaba en la puerta, bien serio, quejándose, como queriendo decir "ya es tarde, váyanse así puedo dormir".

La cantidad de platos que han sido preparados en esa cocina... Tengo recuerdos de un montón de amigas cocinando, también de mis hermanas y mi papá. A mi mamá la tengo lavando los platos después del asado, prefiere cocinar en su casa, con su horno y sus cosas (yo igual). Lasañas, fajitas, pizzas, tartas, empanadas, picadas, cabutia relleno, carnes al horno, tortas, tiramisú, galletitas, brownies, cheesecake, etc., etc., etc.

Muchas meriendas y desayunos continentales también.


Otros seres que pasaron por ese departamento fueron palomas. Siempre se sentaban en la baranda del balcón a tomar solcito, hasta que una se dió cuenta que la maceta de suculentas era mucho mejor lugar para su nido que las palmeras del boulevard. Un día salgo y había un huevito. Al día siguiente otro. Siempre ponen de a dos. Sabía que pueden transmitir enfermedades y pulguitas (diminutas las pulguitas, ni se ven, pero te pican en los lugares más sensibles) pero me daba pena echarlas. Entonces les dejaba agua y comida para que los pichones crecieran y volaran más rápido. Y se ve que empezó a correr la voz, porque al final ya se empezaban a pelear por el lugar, como diciendo "los tuyos ya están grandes, dejame el nido que se me escapan los huevos querida"


Nunca fui de apropiarme de mis espacios. En mi adolescencia no tenía las paredes llenas de pósters, o pintadas de colores rebeldes ni cosas colgando. En mis veintes seguí con ese estilo de "hoja en blanco" en mi departamento. Es como que tenía la idea de que no valía la pena decorar, si no iba a estar en ese lugar de forma permanente. Cuando estaba en el departamento, en el momento que ahorré suficiente dinero como para amueblarlo como adulto, me la gasté en un viaje. Y después tenia esa sensación de que me estaba por ir de ahí. No fue hasta la pandemia, en el 2020, que decidí darle un poco de amor. El aislamiento hizo que quisiera ponerle algo a todas esas paredes blancas, ya saben, para no enloquecer...


Mi hermana me regaló una copia de un trabajo práctico que hizo para una clase de diseño gráfico. Es mi perro dibujado con puntillismo. Es fantástico como captó la escencia de Vincent. Para hacer el retrato usó una foto en la que del otro lado de la cámara yo sostenía un pedacito de queso, por eso tiene los ojos iluminados. También armamos unos rompecabezas que enmarqué y colgué en la pieza y el comedor. Primero hicimos La noche estrellada de Vincent van Gogh. Era muy difícil, las piezas eran muy parecidas entre ellas, y podían pertenecer a cualquier lugar. Estuvo un mes en la mesa del comedor, todo el que entró en ese periodo intentó armar un pedacito. Cuando lo terminamos, faltaba una pieza en el cielo, rellené el hueco con gibré dorado, como arreglan los jarrones japoneses. Después compré El nacimiento de Venus de Sandro Botticelli. Lo armamos en una tarde con mis hermanas y una amiga. También hicimos La última cena de Leonardo da Vinci, que colgué centrado con la mesa del comedor. Demasiado simbólico para ser atea.

Después de 4 años usando un cajón de frutas como mesita de luz, compré una de pino (no me gustan los muebles de melamina), junto a un perchero para la entrada y un vajillero para el comedor. Caí en la trampa y los pinté gris millennial.


Ya cuando estaba empezando a sentirse como un hogar, llegó el momento de negociar la renovación del contrato. Me querían aumentar el alquiler casi al doble. ¡Una locura! Entré en crisis, porque cuando logré sacarme esa sensación de "este lugar es temporal", iba a tener que irme. Empecé a buscar otros departamentos, o casas, pero valían lo mismo, además de que había que sumar todo el trastorno que significa una mudanza. Terminé cerrando en un aumento del 60%, que no era el doble, pero seguía siendo bastante, por lo que los primeros meses fueron un poco ajustados.


Las vistas eran excepcionales. Desde la pieza se veía la silueta de la ciudad, con sus edificios más icónicos, las calles llegando hasta el final de la ciudad, desde ahí se veía campo hasta el horizonte y después la inmensidad del cielo. De día era hermoso y en las noches con neblina, simplemente mágico.

En verano, después de haber estado toda la tarde en la pile, me quedaba mirando al sol esconderse. En mi galería hay incontables videos en time lapse del atardecer a través de los años. Pero mi vista favorita era desde mi balcón. El tercer piso estaba justo a la altura de la copa de las palmeras del boulevard. En otoño, en la golden hour, el sol enrojecido le daba a los árboles de costado, pintando el paisaje como si fuera un televisor de tubo de los 90's, con la saturación del color al 100%; escena que me generaba esa nostalgia melancólica en el pecho, sensación que me gusta y al mismo tiempo me incomoda.


No me imaginaba viviendo en ningún otro lugar.


Spoiler alert: ya vivo en otro lugar.


 
 
 

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