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Now the sky is Opalite (4° parte)

agustinarubbi
Feb 21
6 min read

Updated: May 29


Miércoles


Me levanté bastante bien para ser lunes —probablemente porque es miércoles, pero no deja de ser un inicio de semana, aunque sea corta.

La mañana fue tranquila en la oficina; con gente entrando y saliendo de vacaciones, aproveché para revisar expedientes y otras pequeñas tareas. Buenas actividades para cuando no hay ganas de sociabilizar. Hace un calor húmedo y pegajoso, lo mejor es evitar el contacto humano.


A la tarde tuve consulta con la psiquiatra. Me dijo que me veía mejor, que no sabía bien qué era, pero se me notaba en los ojos. Le conté mis peripecias con la escritura, lo mucho que me divierte y todas las ideas nuevas que tenía, esperando que me dijera que podíamos bajar la dosis. Pero sigo igual con el tratamiento. Normalmente comienzan a reducir la medicación en primavera porque pasa la depresión estacional del invierno, pero a mí me encanta el frío: la ropa abrigada, la comida calentita, las caminatas nocturnas, acurrucarse en el sillón a ver series con chocolate y whisky, sentir todo el peso de los acolchados en el cuerpo a la hora de dormir, y otras maravillas que solo se pueden disfrutar con una temperatura ambiente que no es cercana a la propia del cuerpo. Apuesto que escribir con frío es también mucho más agradable.

Volviendo a la psiquiatra, no me cambió la prescripción, pero me dio el próximo turno para dentro de dos meses. A win is a win.


Como premio, cuando llegué a casa, subí a la pileta para frenar el recalentamiento del sistema por haber caminado bajo el sol a la cuatro de la tarde. Después de flotar un rato en la tranquilidad de una pileta sin gente, a nueve pisos de los ruidos de la calle (mentira, no floto: me voy directo al fondo) junté toda mi fuerza de voluntad para ir al gimnasio.

Una ver que terminé de hacer todos los ejercicios con la peor de las ondas, merendé con mi hermana y saqué rápido al perro porque parecía que se caía el cielo por la tormenta que se avecinaba.


En esta noche hermosa para comer en el patio: con unos amigos decidimos hacer un asado. Mi amiga me escribió que agarre el casco porque me pasaba a buscar en la moto. El viento que se escuchaba desde afuera hacía parecer que era una pésima idea, pero por suerte en el tercer piso se siente mucho más fuerte; abajo era tolerable. Llegamos bien, un poco mojadas, nada más. Como siempre, el asado de nuestro amigo estuvo excelente, la charla amena: nos ponemos al día con los viajes, el trabajo, el gimnasio —siempre decimos que queremos ser viejas ágiles—. Lo único que no me encanta de cortar la semana es llegar a casa tarde y tener que bañarme, pero bueno… decisiones.


Ninguna emoción que destaque hoy. Un poco de felicidad porque la psiquiatra me vio mejor.

Y por el asado, obvio.


Jueves


Sí que me costó un poco más levantarme, no por haberme acostado tarde, sino porque se escuchaba caer la lluvia de esa manera que invitan a despertarse en una cabaña en el medio de la montaña, prender la chimenea y desayunar tostadas de pan de campo con manteca y dulce casero. La segunda mejor opción fue pasar por la panadería a comprar chipá y bizcochitos, nos gustan los de chicharrón con azúcar arriba, por si alguien nos quiere sorprender un a mañana.

La jornada laboral fue tranquila. Por suerte, a la hora de salida el cielo ya se había despejado, digo por suerte no por el clima, sino porque no tengo en casa nada para cocinar pastas.


Me propuse buscar un nuevo hogar para mi perro y para mí, cosa que por el momento, me está generando el sentimiento de frustración, los lugares son caros, lejos, viejos, o tienen escaleras, pero tengo fe en que la casa perfecta va a aparecer en el momento correcto.


Quiero hacer una pausa acá para contarles que tuve un deja vú de haber tenido un deja vú escribiendo esto, ya no se si estoy repitiendo lo que cuento, si estoy repitiendo lo que siento y por lo tanto lo vuelvo a contar, o si puedo ver el futuro estilo "Es Tan Raven" y la bruja tenía razón y me tengo que dedicar a la magia. Sí he soñado cosas que luego suceden, de hecho, y me estoy acordando ahora, el martes soñé algo que le conté a mis amigas para dejarlo asentado por si termina pasando. Pero eso lo dejo para la psicóloga.

Volvamos a la casa perfecta en el momento correcto. Así fue como alquilé el departamento donde vivo ahora: una amiga vivía en el edificio y yo amaba su departamento. Justo cuando estaba buscando lugar para mudarme, me comenta que el vecino de abajo se mudaba con su pareja, quien vivía dos pisos más arriba. Así que voy corriendo a la inmobiliaria. ¡El inquilino no había dicho nada! ¡Imagínense mi cara! Pero todo bien, porque a los días me llaman ofreciéndome el lugar. Firmé el contrato sin siquiera chequear el departamento, me dieron la llave y en un día estaba mudada. De eso ya pasaron casi nueve años. Siento que cumplí un ciclo… ¿Siento? ¿Acaso eso que se asoma es un sentimiento?


Repetimos gimnasio, verdulería, añadimos fiambrería, paseo largo con Vincent y mimos al caballito, que de la emoción me mordió el brazo, lo aclaro por si alguien me ve el moretón, parece cualquier otra cosa. Al llegar, acomodo la cocina y cuando abro la ducha descubro que no hay agua. Para aplacar la angustia que me genera el no poder bañarme (y porque tenía un poco de sed y tampoco había agua en la heladera, pero si hielo) preparo un fernet y me siento a escribir.

Ojalá pase algo entretenido porque esto se está volviendo aburrido. Se aceptan ideas.


P.D.: sí, me siguen apareciendo videos de Pato Sardelli en Instagram. Y que con mi amiga nos mandemos sus videos por privado no ayuda al algoritmo.


Viernes


Otro día muy tranquilo. Menos mal que este registro termina después del fin de semana porque ya se está poniendo repetitivo—aunque tengo un plan para mañana que puede remontar.


Por la tarde me dispongo a llenar el lavarropas y acomodar el living. Sigo mirando Orgullo y Prejuicio; sé que parecen pocos capítulos para tantos días, pero como dijo la psiquiatra, soy dispersa. Eso no significa que no pueda mirar una película completa de principio a fin. Pero en la semana, miro veinte minutos mientras almuerzo, cuando termino debo alimentar al perro porque así está entrenado, entonces aprovecho el viaje a la cocina para levantar la mesa, llego y veo que el lava vajillas está lleno, me pongo a guardar platos, Vincent ladra porque se supone que me había levantado para alimentarlo, cuando pongo la comida en su plato veo que no tiene agua, saco de la heladera, tomo un poco yo, le pongo al perro, ya que estoy lleno las botellas porque después se corta el agua y muero deshidratada, abro el lavarropas que acaba de terminar, me acuerdo que el tender está con ropa, lo busco, saco lo seco, pongo lo mojado, antes de volver al sillón paso por el baño, me sigue el perro, me avisa que él también quiere ir al baño, bajamos, vamos al boulevard, subimos, y cuando finalmente llego al sillón, pasó como una hora y ya va por la mitad del siguiente capítulo. Menos mal que me sé la historia de memoria, así que retrocedo hasta la última imagen que recuerdo haber visto.


Vino mi padre a buscar unas macetas y me dice que nos puede llevar el viernes a Córdoba a ver a Chayanne —la entrada extra la usaría mi hermana más chica, así que vamos las tres Rubbi. Córdoba siempre es linda para pasear por Güemes, tomar algo, comer.

Pero hay que volver porque al día siguiente es el primer cumpleaños de mi hijo postizo (el hijo de una de mis mejores amigas, a quién amamos como propio) y no me lo puedo perder.

Hoy lo veo al Bubu. Merendamos con mi amiga de manera intermitente y accidentada, porque el niño está en esa etapa en la que si no le tenés los ojos encima por un segundo, ocurre el desastre. En este caso tiró al piso un vaso recién servido. La de carcajadas que soltaba, patinando de panza por todo el piso mojado mientras el papá manguereaba el jugo hacia el pasto. Es genial.

Igual, no hay nada que me genere más “ternura violenta” que cuando empieza “Opalite” de Taylor, me mira y se pone a bailar (marca el tiempo con la manito en el pecho, me destruye).


Vuelvo a casa, paseo a mi hijo propio, me baño {finalmente} y termino la noche escribiendo, con How I Met Your Mother de fondo y saboreando un Ramazzotti Rosato, que se convirtió en mi aperitivo favorito del verano.


 
 
 

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