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Outlander

agustinarubbi
Apr 4
6 min read



Hace exactamente 8 años, en marzo de 2018 (era marzo cuando empecé a escribir esta entrada), vi por primera vez Outlander. En ese momento estaba huérfana de serie, y mi hermana, que sabe que me gustan las cosas de época y viajes en el tiempo, me la recomendó. Enseguida me enganché: las construcciones antiguas, el acento inglés, la historia, el vestuario, los paisajes; y los protagonistas.

Por un lado está Claire, una mujer inteligente, corajuda, muy linda, que tenía 27 años, al igual que yo en esa época, lo que la hizo bastante familiar. Por otro lado tenemos a James Alexander Malcolm MacKenzie Fraser, Jamie para los amigos. Fue amor a primera vista, tal como lo pretendía la autora. El equipo de casting había hecho un trabajo perfecto.


Me obsesioné con la serie, tanto que unos meses después terminé comprando un vuelo a Europa. Fue una decisión muy impulsiva e inconsciente. Recuerdo haber pagado $22.000 el vuelo (en 12 cuotas), teniendo tan solo $10.000 en mi caja de ahorro y cinco meses para juntar el resto. Lo logré; cuando quieran les armo una clase, fueron cinco meses de vivir en economía de guerra.

Llevé un cuaderno porque quería escribir una especie de “bitácora” del viaje. Compré postales en todas las ciudades, guardé folletos, etiquetas y recibos. Escribí los primeros días, pero había cosas más interesantes para hacer, además terminaba el día muy cansada.


Entré al viejo continente por Barcelona (era el vuelo más barato). Había reservado un hostel justo donde empezaba el barrio Gótico. Como llegué a las 8 de la mañana, dejé la valija y salí a pasear. Estaba muy emocionada para dormir. "Jet lag is a choice".

Por supuesto, quedé completamente fascinada con la arquitectura. No soy la más religiosa, pero lo primero que hice fue sacarle fotos a una catedral. Como este blog no es sobre el viaje, no me voy a detener en los detalles. Algún día me voy a sentar a escribir del viaje. Probablemente para cuando esté trabajando en el libro.

Después siguió Roma: museos, pizza y pasta. Venecia es muy pintoresca, pero realmente me enamoré de Florencia. Iba caminando sola hacia un restaurante que me recomendaron para cenar, cuando de repente me encuentro con un edificio que tenía arcos y pinturas en los techos: era el hospital. Dos cuadras más adelante, al final de una calle, me encuentro con el Duomo. Todo en Italia es grande, imponente. Te queda el cuello destruido de tanto mirar hacia arriba.


Siguiendo con el viaje, tomé un colectivo nocturno de Milán a París, para ahorrarme una noche de hotel. Nunca más, no vale la pena el ahorro, ya necesito dormir en un colchón. París no me deslumbró; las partes lindas me hacían acordar a Buenos Aires, y las no tanto, a Rosario. Fui a Versalles porque aparece en la serie. Ese palacio sí es fabuloso, pero lo que más me gustó fue la propiedad de María Antonieta, atrás de los jardines.


El mayor impacto que recibí en el viaje fue cuando salí del subte en Oxford St., Londres. Eran alrededor de las 19 hs, pero como era otoño, ya estaba completamente de noche. Esa fue la calle más iluminada que había visto en mi vida. Más iluminada que lo usual, seguramente, porque ya estaban instaladas las decoraciones de Navidad. Recién era 15 de noviembre, así que imagínense la felicidad que tenía. Me encanta la Navidad (la de las películas, claro, no la del calor húmedo de acá). Por algún motivo me sentía como en casa.

De día paseaba por la ciudad, parque hermosos con ardillitas que venían a ver si tenías comida, calles con mucha historia, palacios y castillos, barrios modernos, puentes, teatros y más museos. Lo más gracioso, es que en mi memoria, Londres es una ciudad soleada. A la noche, en la cena, nos juntábamos un grupito de huéspedes que habíamos pegado buena onda. Éramos muy distintos; incluso los empleados del hostel que vivían en la ciudad se quedaban a comer con nosotros cuando terminaban su turno. Había un londinense que iba también. Teníamos la dinámica de amigos de la secundaria. Me hubiera gustado haber nacido en ese lugar, o al menos fue la sensación en ese momento.

También pasé un día en Diagon Alley… perdón, quise decir York. Tomé el clásico Té de las 5 en punto, en un bar que era frecuentado por los soldados durante la Segunda Guerra Mundial, dejando como evidencia sus nombres grabados en el espejo frente los baños.


Finalmente, en un tren que recorría campos muy parecidos a los nuestros, con plantaciones, vacas y arbolitos, llegué a Escocia: tierra de whisky, gaitas, haggis y hombres altos, fuertes, colorados, usando kilt. En realidad vi muchos hombres con kilt, pero ninguno como Jamie. Había toda una feria dedicada a la Navidad. Tenía un laberinto de pinitos navideños. Conocí muchos lugares que sirvieron de inspiración para varias series y películas. Edimburgo es realmente mágico. No me quería volver.


Después de 28 días, las personas en general extrañan su casa, su familia y amigos. Yo no extrañaba nada. Toda la vida me sentí fuera de lugar, que no pertenecía. Rencién en la secundaria formé un grupo de amigas, sin embargo seguía sintiendo que debería haber nacido en otro país. Gracias a El Diablo Viste a la Moda, decidí que ese lugar era Nueva York. Decía que me iba a mudar después de terminar la universidad. Esta obsesión (como verán, me voy obsesionando de a ratos con distintas cosas) me sirvió para aprender inglés sin siquiera intentarlo. Muy útil para viajar. Después de este viaje cambié a Londres.


Ese 2018 terminó con un sabor agridulce.


Del 2019 no me acuerdo mucho, la verdad. Tendría que revisar las fotos de ese año para ver en qué andaba.

Denme un minuto… ahí vengo.

Ya volví: cenas, cumpleaños, salidas. Fui a ver Damas Gratis. Sí, bailé. Más salidas, paseos con el perro. Viajecito de trabajo a Córdoba. Pascuas en Buenos Aires con amigas. Reencuentro con los compañeros de la facu. De manera muy excepcional, Taylor saca un álbum que nada tenía que ver con mi vida. Temporada final de Game of Thrones. Me obsesioné con Lucifer. (La serie, no me uní al satanismo). Elecciones. Rosario con amigas (ahí conocí a la Gintonería). Veo que me compré la remera de AC/DC que usé para el concierto de la semana pasada. Asado en el campo. Aprendí a tocar la primera canción en el teclado (bueno, un cuarto de canción). Tengo capturas de pantalla de un test que hice online para ver si tenía desalineados los chakras. Adivinen. En el resumen parecía un buen año, pero solo le saco fotos a cosas lindas. Andaba en piloto automático. En el fondo, una parte de mí sentía que algo había quedado en ese viaje.


Escalé el Champaquí. Ese tipo de cosas que hace la gente cuando está desesperada. No era mi caso (todavía), fui para acompañar a una amiga. La experiencia me encantó, y lo quiero volver a hacer desde entonces. A la vuelta, unos metros antes de llegar a la base, nos sentamos a la sombra. Cada uno compartió su punto de vista del viaje, el desafío, qué cosas se llevaron, esa búsqueda de uno mismo, decía la mayoría. A mí no me pasó nada de eso, supongo que ya había desconectado los cables. Todo el viaje fui poniéndole música al camino (en mi cabeza): “Dela”, “It’s a Long Way to the Top (If You Wanna Rock ’n’ Roll)”, “Top Of The World”, “Mr. Blue Sky”, “Send me on my way”, “I'm Gonna Be (500 miles)” Por supuesto que no podía faltar “The Climb”. Pero ningún pensamiento demasiado profundo.


A los días de volver del cerro, fui de una señora que te leía los registros akashicos (no me pregunten qué es). Claramente, en ese momento, había llegado a la desesperación. No sabía qué hacer con mi vida. Después de algunos rezos, sahumerios, un poco de llanto y un par de preguntas, quedó claro. Me tenía que mudar a Londres. Con el perro. Según la señora, a Vincent no le importaba qué ciudad elegía, siempre y cuando lo llevara, le dijo.


Estaba decido. Cuando terminara el verano, que el clima ya te permite hacer cosas fuera de la pileta, iba a comenzar a planificar el cambio de rumbo en mi vida.


El único problema: ese verano terminó el 21 de Marzo de 2020.

Muy buen momento para tomar vuelos por el mundo.


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